Desamparo

Un hilo escarlata rompía, estridente, la monocromía de la figura color piel. Ejercía un enorme poder de atracción sobre los ojos de Roque. La gota de sangre recorría el abdomen de la figura de arriba a abajo, emanaba del corte, en apariencia profundo, ubicado justo debajo del pectoral derecho. La cara del Dios entre los hombres denunciaba una melancólica amalgama de condescendencia y dolor, de furia y amistad.

Las paredes, rosa bebé, estaban aggiornadas con impetuosos cuadros de marcos dorados de figuras sacras: auras y espadas, escudos y togas. Columnas de mármol quebraban el relieve de los muros y se alzaban hasta lo más alto del techo, terminando ahí, justo donde arrancaba una hermosísima cúpula celeste y blanca, con tiernas nubes y pequeños ángeles querubines pintados.

Los reclinatorios de madera opaca se extendían en filas paralelas frente a un imponente altar floreado, también de mármol, sobre el que yacía un pesado libro de tapa dura y una copa color oro. Dos mujeres arrodilladas, con las cabezas hundidas entre los hombros, rezaban.

“Cuánto daría por estar en su lugar”, pensaba Roque mientras una de las mujeres se secaba las lágrimas de los ojos con un pañuelo horrible. “Deben estar pasando penurias, seguramente debe ser así: un hijo enfermo, quizá un marido; problemas económicos, puede ser…  pero sé que va a salir de acá con una sonrisa. Todos salen de acá con una sonrisa. Salen amparados, confiados. Con una fórmula infalible: el bien gracias al santo, y el mal es la promesa del bien en el futuro”.    

Al atravesar el portón de madera que hacía de entrada y salida, el sol entrecerró los ojos de Roque. Salió con la misma angustia con que había entrado. Dos meses atrás una visita a esa misma iglesia, una ojeada a esa figura en forma de T, a esos cuadros inmutables, habría bastado para calmar su ansiedad. Esos objetos ahora no significaban nada. No eran nada más que ejemplos de una estética admirable. No podían hacer nada por él.    

Caminaba, como condenado, con los pies pesados y a pasos cortos, con las manos en los bolsillos y el cuello vencido. El empedrado de la ciudad no se dejaba pisar con facilidad. Roque se creía un escalón por encima de mucha gente, había resignado su comodidad por un tipo de libertad que no todos conocían. Un tipo de libertad con consecuencias terribles para la vida cotidiana, pero que, en fin, le permitía presumir de su condición. Él era esa libertad. Era el abanderado de su causa, nadie mejor que él conocía lo que esa libertad le había costado, lo que le costaba. Pero así lo había elegido, y era demasiado tarde para retractarse, porque esas estatuas, esa cúpula, esas columnas ya no eran lo que antes supieron ser.

Roque estaba condenado porque eligió ser; estaba orgulloso.

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