Retratos para leer en el bondi: La muerta

Tic… uno, tic… dos, tic…tres. Gotas de un aire acondicionado que perdía siendo numeradas por quien probablemente fuera la persona más importante en el mundo. Una habitación lúgubre de algún hospital angustiante de Avellaneda: dos camillas separadas por una cortina que evitaba al más determinante de todos los sentidos, la vista; una ventana que, desde el sexto piso, daba a muchas casas de techos bajos, con terrazas desoladas. El olor antiséptico daba las últimas pinceladas al cuadro de agonía. Tic… cuatro, seguía Estela, tic… cinco. Un plato de sopa fría esperaba ser recogido por la enfermera que parecía ignorarlo todo. Los sonidos estertores del otro lado de la cortina anticipaban la inminencia. Estela estaba tranquila, somnolienta. Colgaba una televisión con una definición muy mala y un sonido inaudible, de unas quince pulgadas, con caja y de color gris. De cuando en cuando, una camilla apurada cruzaba el pasillo al que daba la habitación sin puerta.

Una vida ,cincuenta años no es una vida, pero así fue en Estela. De los campos de la provincia, a la secundaria de guardapolvo blanco, a la universidad inconclusa; del primer beso, al primer amor, a la primera penetración, al casamiento; de la Iglesia, a una clínica, a la frustración y la imposibilidad de procrear; de los paseos felices de domingo en la costanera, a un funeral de negro, a una cama que le quedaba grande. De todo eso, a esa habitación, a ese hospital, ahí, donde todo lo anterior cobraba sentido: la finalidad de la aparente contingencia, el hilo que unía sus recuerdos. Todo estaba justificado en esa habitación y en ese tumor que le contaba los segundos. Ya no había lugar para el dulce azar, estaba todo determinado: “dos semanas”, le había dicho el doctor Calvo (imposible es olvidarse el nombre de Dios) dos semanas atrás.

Estela estaba tranquila, ansiosa también por develar el mayor misterio, pero tranquila. Le dolía la cabeza, muchísimo, arriba de los ojos, casi en las cejas; le dolían las articulaciones con fiebre y la espalda de tanto estar acostada. No podía respirar muy profundamente porque la tos la invadía y en lugar de hambre, había sed, hacía días que había solo sed. Los suspiros cada vez más fuertes que venían de la cortina la incomodaban, aunque después de unos segundos de aguantarlos encontraba en ellos cierta dulzura, cierto amor.

El crepúsculo parecía vencer sin esfuerzo, como de costumbre. El sol luchaba por no ser aplastado en la línea que dibujaban los edificios.

Todos somos conscientes de nuestra finitud, pero Estela no solo era consciente, sino que vivía esa transición sabiendo; era testigo de cómo dejaba de ser, ella sabía que al finalizar el día iba a dejar de ser. Ella sabía. De ser, a nada. La muerte, en ella, no era una posibilidad siempre remota, era una realidad, una sombra que avanzaba desde un rincón de la habitación a paso lento, sonriente y con los brazos abiertos. Nada, no ser. Ese era su verdadero suplicio.

Estela le temía a la muerte. Probablemente le hubiera servido de consuelo pensar que alguien iba a mover su cuerpo rígido de la habitación. Alguien iba a cubrirle la cara, mover la camilla, bajarla por el ascensor; alguien iba a conducir hasta la morgue, donde su cuerpo iba a esperar un reconocimiento imposible; alguien iba a enterrarla en el cementerio municipal de Avellaneda, iba a lanzar tierra sobre su ataúd mientras pensaba en otra cosa o, quizá, mientras hablaba con su compañero de trabajo. Probablemente, alguien en toda esa cadena de personas se enamorase de su cuerpo inerte, se tomase el trabajo de imaginar un pasado y una vida para su nueva enamorada, le llevase flores y la hiciese vivir en sus recuerdos una nueva existencia. Probablemente alguien la ayude a vencer su injusto destino y burlar a la parca.

Tic…seis. Eran las ocho y cuarto de la noche, Estela recordaba el programa que tanto le gustaba en la televisión. Tic…siete. Recordaba la cara de su último amante. Tic…ocho. Recordaba la última flor que tocó. Tic… nueve. Recordaba la última canción que escuchó. Tic…

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