El filántropo

Era verano y el mediodía en San Telmo no perdonaba a nadie; el sol era la sombra de cada cuerpo que, empilchado de trabajo y siempre apurado, se movía nervioso en las angostas calles empedradas. El sudor recorría la frente de las más diversas caras. En cada puerta de la pintoresca capital se adivinaban los más diversos problemas: cuentas que no cerraban, jornadas interminables, imbéciles con poder. De vez en cuando, una nube daba un respiro a los transeúntes, lo único que tenían en común esos cientos de personas era eso, esa nube bendita, pasajera. Nada perdonaba a nada, nadie tenía nada que ver con nadie. Las cabezas gachas, inmersas en los celulares, no evitaban colisiones y bocinazos; no cruzaban miradas. Las bombas y los balas estaban enterradas ya, las banderas, la historia; no quedaba sobre la tierra nada más que esos maniquíes con inercia. La Ciudad estaba viva, llena de una vida vacía. De cuando en cuando, algún cuerpo se detenía reconociendo a otro: dos palabras, un beso y se zambullían nuevamente en la abstracción.

Matías se llenaba los ojos en un banquito despintado de una pequeña plaza. Cumplía una misión de suma importancia: unía a todos y a cada uno de esos transeúntes, los enmarcaba en su narrativa de desencanto, los convertía en argumentos para sostener su hipótesis. Después de todo, alguien tenía que unirlos. Hasta se podía hablar de cierta filantropía en su tarea. Es cierto que entre el elástico de su short de fútbol y el hueso de su cintura se apretaba un revólver. Es cierto que no temía en utilizarlo (¿acaso no lo había hecho ya?); es cierto que Matías, con veinticuatro años, había matado a dos personas, herido de gravedad a una y vivido de robos desde los dieciséis; es cierto, pero aún así, en ciertas condiciones, se podía llegar a pensar en su nombre predicado de algún adjetivo similar al de filántropo.

Su primera víctima fue una señora de unos setenta años, una “vieja de mierda”, recordaba él, que salía de cobrar la jubilación de un banco de la zona sur de Buenos Aires. “Yo no la iba a matar, ni a palos, pero la vieja de mierda se puso a gritar y me tironeaba la remera. Le disparé en la pierna, apunté ahí porque no la quería matar, pero no sé qué arteria le tocó. Mala leche”, sostenía Matías sin aparente remordimiento. La segunda víctima fue un tipo de unos cuarenta años. “Lo tenía fichado, guardaba el auto siempre a la misma hora. Ese sí que se lo merecía, me enteré después que era cana. El tipo se defendió, sacó la pistola y lo cagué a tiros primero”. La indiferencia en los razonamientos de Matías insinuaba una falta de humanismo acusada; la carencia de empatía situaba a quien lo escuche en un mundo paralelo: con otro idioma y otras costumbres, sin punto de contacto. Sin embargo, filántropo.

La realidad de Matías estaba más cerca de los clichés de la pobreza que de los problemas del microclima de clase media que agobiaban a muchos jóvenes de su edad. (Clichés intempestivos a los que no parece afectarles de forma alguna el paso del tiempo. Clichés que se arrastran de siglos pasados y que constituyen los últimos focos de resistencia a la modernización. Resistencia sin intención: olvido). Una realidad siniestra que devino en lugar común: el cine, las crónicas y las fotos hicieron lo suyo.

Naturalmente, Matías estaba más acá de esos debates sobreintelectualizados; vivía su día a día con la misma intensidad que cualquier otra persona. Sus preocupaciones eran mundanas, se limitaba a pensar qué comer, en su novia, sus amigos y demás. Matías no era consciente de su tarea en aquella plaza.

Media hora después de contemplar la muchedumbre, abandonó el banquito apenas verde y se puso a andar sin destino alguno, a buscar. Cada paso alejaba la culata del revólver de la piel sudorosa de su estómago para luego volverla a pegar, el arma parecía moverse y Matías revisaba constantemente que siguiera oculta debajo de la larga remera que usaba. Las gotas le rodaban por la sien, el calor disimulaba la tensión. Después de dos cuadras a nervioso paso, dio con un pequeño almacén de barrio oculto entre la copa caída de un árbol. Analizó la situación unos minutos, intentó calmar los nervios que le hacían temblar las manos (nunca terminaba de acostumbrarse) y se decidió a entrar. Una vez allí, un pibe de aproximadamente su edad salió a su encuentro desde lo que parecía ser el interior de una casa. Sin darle tiempo a saludar, le mostró la culata de madera del ocho milímetros, saltó del otro lado del mostrador y arrugó en sus bolsillos los pocos billetes que encontró; el joven, asustado, solo atinó a repetir que no lo mate. Insatisfecho con el botín, iracundo y nervioso, Matías le pegó un culatazo en la cara para callarlo; saltó, salió apurado y se subió al colectivo del que se bajaban pasajeros en la esquina.

Todavía le temblaban las manos. Todavía el calor agobiaba las calles, y las bombas y las banderas continuaban enterradas. Ahora alguien yacía en el piso, con sangre brotando del orificio nasal y el tabique quebrado. Ahora los trajes circulaban indiferentes e inconexos nuevamente, sin alguien que los enmarque desde aquel banquito desteñido: sin filántropo alguno.

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